A mamá siempre le gustaron las plantas. En casa no había muchos libros, pero, entre los que había, uno, sobre todos los demás, era mi favorito. Recuerdo leerlo con ella en su cama mientras me acariciaba el pelo. Solo podíamos hacerlo cuando papá no estaba en casa. Mamá me dejaba dormir en su cama por la noche si estábamos solas.
Tejo (Taxus baccata)
El rechazo.
A papá no le gustaba que entrase en su dormitorio; solo mamá podía hacerlo. Cuando se hacía de noche, si intentaba acercarme a su habitación, me gritaba para que no molestase.
Del tejo todo es venenoso excepto su fruto: las hojas, los tallos y las semillas. Sin embargo, la baya roja resulta inofensiva. Aun así, hay que tener cautela, pues podría contaminarse de las taxinas del tejo por contacto. Es mejor no exponerse. El veneno del tejo actúa deteniendo el corazón poco a poco.
Cuando papá estaba en casa, me metía sola en mi cama y acariciaba mi propia cabeza. Me gustaba pensar que era mamá quien lo hacía.
Adelfa (Nerium oleander)
El abandono.
Papá a veces me ayudaba con los deberes en la cocina. A veces se sentaba conmigo y me contaba cosas de cuando él iba al cole. Otras veces no. Otras veces se enfadaba si no entendía los problemas de matemáticas y entonces gritaba mucho y me decía que tendría que ser capaz de hacerlo yo sola.
La adelfa es tan común como tóxica. Hojas, tallos y flores provocan en un inicio un malestar que afecta al sistema gástrico. Cuando quien se envenena vomita, la sintomatología parece remitir con la falsa esperanza de una mejoría. Pero la oleandrina viaja en silencio y ataca al corazón, provocando un empeoramiento abrupto. El dolor durante todo el proceso viene y va, causando una confianza en la mejora que al final no llega.
Cuando no entendía mis deberes, me daba miedo que papá se enfadase, pero el miedo desaparecía cuando me decía «¡Bien hecho!», y me sentía la mejor niña del mundo.
Ricino (Ricinus communis)
La humillación.
A veces papá me llamaba inútil; yo sabía que lo hacía en broma, pero siempre me esforzaba para que viese que sabía hacer muchas cosas. Una vez me dijo que no me creyese guapa, que yo era una niña del montón, y entonces me metí en el baño y aprendí a peinarme sola y, al salir del baño, era capaz de trenzarme la melena entera.
Tras la ingesta de las semillas de ricino es posible no sentir ningún síntoma, pero a medida que transcurren las horas, las células no son capaces de regenerarse y crecer, y los órganos van fallando uno tras otro.
Todavía me peino como cuando era una niña, con la melena separada en dos trenzas, pero nunca he sido lo suficientemente guapa.
Estramonio (Datura stramonium)
La traición.
Papá me decía que las cosas que pasan en casa se quedan en casa, que no es de niñas discretas ir aireando los trapos sucios. A veces papá me pedía que le guardase un secreto, que si lo hacía no me volvería a gritar.
Las semillas del estramonio son altamente tóxicas. Tras consumirlas, provocan alucinaciones, delirios, disociaciones y una profunda desorientación.
Papá nunca dejó de gritar. A lo mejor alguna vez dije sin querer algo que no debía, pero yo no lo recuerdo.
Cicuta (Conium maculatum)
La injusticia.
Cuando papá se enfadaba, yo no podía llorar; papá decía que las niñas que lloran son débiles y que si no son capaces de aguantar cuatro gritos, no serán nunca nada en el mundo.
El veneno de la cicuta se encuentra en mayor o menor concentración por toda la planta. Son comunes las intoxicaciones por consumo de hojas, ya que estas se parecen mucho a las del perejil. Tras su ingesta se produce una parálisis en las extremidades que se propaga de forma ascendente. Mientras esto ocurre, el intoxicado es plenamente consciente del proceso, es testigo de sí mismo sin capacidad de moverse, hasta que la parálisis llega a los pulmones.

Cuando mamá murió, convencí a papá para arreglar el jardín.
Cuando papá murió, todos creyeron que había sido una fatalidad.
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