No pierdes nada por probarlo. ¿Sabes? Ella me contó que la primera vez que la sostuvo en las manos estuvo un buen rato mirándola. Era simplemente una pinza de plástico rojo con el resorte metálico oxidado por el paso del tiempo. Me dijo que colocó sus dedos en los mangos estriados y los presionó para que la mordaza se abriese. Estuvo así un buen rato, abriendo y cerrando, fijándose en cada detalle, en su mecanismo. Luego decidió que lo primero que haría con aquella pinza sería lavarla.
Ocurrió hace unos meses, antes de que tú llegases y nos hiciésemos amigas.
Realmente, yo a ella no la conocía mucho; sé que su madre perdió la cabeza de forma paulatina durante quince años hasta que finalmente murió. El mes en que su madre moría, su hija cumplía quince años. Ella notó que su madre comenzó a ser otra persona el mismo momento en que le presentó al bebé, pero no pudo hacer nada para detener aquello. Durante esos quince años perdió el habla, se olvidó de todo y la historia de aquellas mujeres que la precedían se diluyó para siempre.
Cuando yo la conocí, faltaban días para que su madre muriese. La mujer hacía tiempo que ya no hacía nada por sí sola, no caminaba, no comía, no miraba… Solo estaba. Ella sabía que su madre se moría y decidió acompañarla durante todo el tiempo que le quedaba viva.
Fue aquí, en el hospital, en esta misma habitación. Aquí estuvo durante ocho días, mañana, tarde y noche, sin moverse. Yo solía pasar a revisar la temperatura y las constantes de la mujer y ella estaba ahí, en el sillón del acompañante, en silencio. Al principio no me hablaba, pero luego, con el paso del tiempo, comenzó a contarme algunas cosas, y fue entonces cuando vi entre sus manos la pinza.
La pinza formaba parte de un ejercicio creativo de escritura. Ella asistía a clases y en una de ellas, el profesor esparció una bolsa llena de pinzas sobre la mesa del aula en la que trabajaban, para inspirarles en la escritura de un texto. Ella, al verlas, quiso enseguida hacerse con aquella pinza roja; las había de todos los colores, incluso de madera, pero ella quiso la roja. Era el color favorito de su madre. Me contó que aquel día, después de clase, cuando llegó a casa, lavó de forma ceremoniosa la pinza y luego, con una pequeña lija, quitó la capa de óxido del resorte. Del ejercicio de escritura no me contó más. Creo que no es relevante en lo que te cuento.
Sé que ahora mismo, con lo que se te viene encima, vas a pensar que me he vuelto loca o que no te estoy ayudando en nada. No pienses que te estoy ofreciendo cualquier cosa, ni que aquella que estaba postrada en la cama era cualquier mujer. Me contó que su madre, como aquella pinza, era dura y resistente y se enfrentaba sola a los vientos más huracanados, manteniendo siempre su fuerza, sujetando a sus hijos para que no se los llevase el temporal. Venían de Galicia y allí los vientos soplan recios, no es como aquí; aquí ya llegan cansados, allí llegan directos del mar, cargados de la furia de las olas.
Aquella mujer tenía la capacidad de soportar cualquier tormenta.
En los días que compartí con ella, me contó que su madre podía mantenerse alegre frente a la desgracia, me contó que era capaz de ser la mujer más dulce pese a la amargura que les rodeaba, que transmitía a sus hijos la abundancia aun viviendo en situaciones de carencia. Cuando me contaba esto, abría y cerraba la pinza en sus manos, mientras miraba a su madre cómo se iba apagando. Y entonces le pregunté por la pinza.
Ahí comenzó a hablarme de magia. De cómo sintió la energía de los objetos prácticamente desde que nació. Acumulaba trozos de juguetes, fotos que se encontraba perdidas, incluso pequeños cadáveres de insectos y aves. Conservaba con cuidado en su casa todos los tesoros, sintiendo la energía que le transmitían, aun sin saber interpretarla del todo.
La magia, por lo que me contó, estaba en su madre, y también en ella. La magia era aquello que había hecho que fuese la niña más feliz del mundo. La magia era lo que hacía que supiese todo lo que había a su alrededor aun cuando nadie más podía verlo. Ella sabía lo que era la magia y sabía que tendría que transmitírselo a sus hijos.
Por eso la pinza es importante, porque atesora toda la energía de lo que te estoy contando.
Mucho antes de que la enfermedad la postrarse en la cama, aquella mujer, su madre, pintaba, modelaba porcelana. Aquella mujer cortaba y pulía cristales de colores para luego soldarlos en vidrieras. Tenía un taller donde restauraba muebles en casa, y todo aquel conocimiento lo compartía con las mujeres del pueblo, que se acercaban a aprender a trabajar con aquellos materiales. Ella, de niña, había crecido oyendo el murmullo de las señoras mientras veía los dibujos en la tele y su casa olía a trementina y café.
No hay nada más poderoso que un grupo de mujeres hablando sin hombres delante.
Ellas atesoraban la fuerza, la resistencia; ellas sostenían familias como las pinzas sujetan la ropa aun cuando el viento sopla fuerte. Y lo hacían mientras cambiaban la apariencia de los objetos cotidianos; una mesilla vieja, con un buen lijado y una capa de pintura, era otra. ¡Estaba como nueva! Y ese era el mensaje que transmitía aquella mujer: las cosas son lo que son y está en nosotros hacer que sean mucho más bonitas.
No todo el mundo es capaz de ver la magia ni de hacer de algo sin valor aparente un objeto mágico. La mayor parte de la gente no sabe convertir lo cotidiano en un recuerdo memorable.
No te impacientes, ahora te cuento lo de la pinza.
Pese al tiempo, pese a esos 15 años, todavía conservaba parte de las pinturas y los pinceles de su madre, que se resistían a envejecer o a secarse. Parecía increíble que aquellos objetos que le habían hecho tan feliz más de 15 años atrás fuesen a sobrevivirla. Desengrasó la pinza, le aplicó una capa de tapaporos y luego comenzó a pintarla de dorado. ¿Qué por qué eso era magia?
La magia estaba en el acto en sí. En buscar las pinturas y los pinceles de su madre y pintar con ellos aquella pinza. La magia consistía en hacer que aquel objeto cotidiano fuese dorado. Para que la desesperanza de ver cómo se moría su madre, no se agarrase a ella. Para hacer de aquel gesto una ceremonia casi política por la que una pinza se convertía en algo deliberadamente más bello. Para conseguir que todo lo que le rodeaba, independientemente de su naturaleza, tuviese un propósito que mereciera la pena.
Aquella pinza, esta que te estoy dando ahora, es un talismán cargado de energía. Cuando su madre murió, ella me buscó por los pasillos de la planta y sin mediar palabra, colocó la pinza en mi mano, me sonrió y se fue. Yo en aquel momento, no entendí muy bien qué tenía que hacer con ella, pero algo me decía que tenía que conservarla hasta el momento preciso. Hasta que has llegado tú. Hoy sé que no me equivoco, estoy segura. Porque al darme la pinza, consiguió que también yo comenzase a sentir la energía de los objetos y creyese en la magia que habita en nosotras.
Esta pinza, va a acompañarte en el camino que comienzas ahora, y va a servir para recordarte que no hay más fortaleza que la de agarrarse con uñas y dientes a aquello que uno quiere, pese a todo, pese al viento fuerte. Ahora tu también tienes la capacidad de hacer magia, de decidir disfrutar pase lo que pase, de resistir, de empeñarte en sobrevivir a cada golpe, en sonreírle con ganas a la desesperanza.
Estoy segura de que esta pinza dorada, es para ti.