Amanece en Madrid, la luz entra por la ventana del apartamento e ilumina de forma paulatina el dormitorio. La persiana no está bajada del todo y se dibujan líneas de polvo que baila, mientras se hace de día. La habitación es pequeña. Las paredes blancas y las sábanas de la cama también. En la mesilla hay restos de papel higiénico arrugado en bolitas como pequeños pasteles de merengue. Alguna ha caído al suelo y espera junto a unos calcetines usados a ser recogida. La chica duerme en camiseta y bragas con el cabello suelto. No debe hacer demasiado frío porque está medio destapada, dejando las piernas desnudas a la vista. No hay nadie más en casa.
Ha comenzado a sonar La Soledad, de Valeria Castro, en un altavoz conectado a su teléfono móvil, que carga su batería tirado en el suelo. La chica se mueve despacio, se estira y luego se acurruca. Podría tratarse de una alarma previamente configurada. No parece sobresaltada por la música.
Como río sin cauce
Como flor sin primavera
¿Cómo quieres que no canse la añoranza sin bandera?
Tengo claro que no tengo nada que perder aquí.

Se levanta y se dirige al baño, hace pis y abre el grifo de la ducha. Se mira al espejo mientras se lava los dientes y el vaho lo va cubriendo todo con una niebla blanca. La música suena también aquí porque ha traído consigo el pequeño altavoz portátil. Sube el volumen y ahora la canción, que suena en bucle, puede oírse por todo el apartamento. Comienza a desnudarse y se mete bajo el agua. Un hilo de sangre camina por su pierna izquierda desde la vagina. La chica comienza a lavarse el pelo.

La verdad de unos ojos que miran sin el amparo
De quién sabe que está roto este corazón tan raro.
Tengo claro que no tengo nada que perder así.
¿Cuánto me va a querer la soledad pa’ no soltarme?

Al salir de la ducha, envuelta en una toalla, se dirige a la cocina y coge del congelador dos cubitos de hielo que cubre con papel de servilleta. Vuelve al baño y, sentada en el inodoro, se aplica el hielo en los párpados. Tiene los ojos hinchados. Se queda quieta, sentada, durante un buen rato, con las manos sujetando los envoltorios fríos y el cuerpo encorvado hacia delante. 
Y se vuelve costumbre no olvidar un pasado.
Y que algo dentro me pregunte
Qué tendré yo de malo
Tengo claro que hay heridas que pueden volver a abrir.

Se quita la toalla, que ahora tiene una mancha roja en el centro, y la deja tirada en el suelo. Desnuda, por el pasillo se acerca a la habitación. Abre un pequeño armario empotrado y saca del primer cajón unas bragas menstruales y una camiseta. Se lo pone y vuelve a la cocina caminando descalza por el pasillo. En la encimera, junto a una caja de pizza con restos del día anterior, hay un bote lleno de galletas de chocolate. Lo coge y vuelve a la habitación. La canción sigue sonando por el apartamento.
Y creo que voy aceptando que se convierte en quimera
El querer que exista algo que dure la vida entera.
Tengo claro que hay heridas que me van a hacer sufrir.

Vuelve a meterse en la cama con el pelo todavía húmedo; esta vez se tapa por completo. Se coloca de lado, parece que tiene las piernas encogidas y la espalda ligeramente doblada. Abre el bote de galletas y empieza a comer despacio. Las migas y algún trozo de chocolate caen por la sábana bajera, pero no parece molestarle.
¿Cuánto me va a querer la soledad pa’ no soltarme?

Se siente en el dormitorio una vibración que proviene del teléfono móvil. La chica lo coge del suelo y desenchufa el cargador. Abre WhatsApp y lee el mensaje que acaba de llegar.
¿Cuánto me va a querer la soledad pa’ no soltarme?

Aprieta el pequeño icono situado en la parte inferior derecha de la pantalla con forma de micrófono y graba un mensaje de audio.
-No os preocupéis, hoy me voy a tomar el día con calma; ya se me irá pasando. No voy a volver a cogerle el teléfono, no voy a dejar que me haga más daño. 
¿Cuánto me va a querer la soledad pa’ no soltarme?

Fuera, en el rellano, se escucha la música, pero la letra se hace ininteligible. Apenas dos pisos más abajo, en el portal, ya no se oye. Podría parecer que todavía no ha amanecido porque el edificio de la acera de enfrente se empeña, desde el día que lo alzaron, en apagar cualquier hilo de luz que el sol pudiera dejar pasar entre las nubes.
Calle abajo, una bolsa de plástico blanco danza suave al ritmo del viento y se choca de forma brusca contra el parachoques de una furgoneta de Amazon que viene desde la plaza, donde, al abrirse el espacio entre los edificios, sí brilla el sol. 
Dos chicas caminan hacia la mesa libre de la terraza de una cafetería y se sientan orientando sus cuerpos hacia la luz.
El interior huele a café y cruasanes recién horneados. Una mujer se levanta del taburete que ocupa en la barra y deja en el plato de la cuenta unas monedas. En la puerta se cruza con la camarera que viene anotando algo en la libreta. 
Fuera, saluda con un gesto a las dos chicas que charlan en la terraza; no se detiene a hablar con ellas. Podría parecer que se conocen de vista, pero no tienen una relación cercana. 
La mujer cruza la plaza. Se acerca a un puesto improvisado de flores y se hace con un ramo de margaritas blancas y paniculata. Sube caminando la calle y se detiene frente a un portal que se mantiene a la sombra porque el edificio de la acera de enfrente se empeña, desde el día que lo alzaron, en apagar cualquier hilo de luz que el sol pudiera dejar pasar entre las nubes. Haciendo equilibrios entre las flores y el bolso, busca algo en su interior; podrían ser las llaves, porque deja de buscar justo cuando un repartidor de Amazon abre la puerta y la invita a pasar. 
Se dirige al ascensor, pero cuando está cerca, gira hacia las escaleras. A medida que sube, comienza a respirar cada vez más fuerte. Cuando llega al segundo, se detiene. Descansa. Suena la música de la chica que vive en el apartamento, pero no se distingue la letra de la canción. Reanuda su ascenso y se pierde en las escaleras.
Dentro, en el apartamento, la chica se ha levantado de la cama, sigue en bragas y camiseta, pero se ha recogido el pelo en un moño despeinado. Está metiendo en una bolsa una sudadera de hombre de color azul oscuro y un par de calcetines de deporte. En el baño, en el estante que hay bajo el espejo, coge un cepillo de dientes que no es el suyo o por lo menos no es el que usó antes, y lo mete también en la bolsa. Camina hacia la cocina y retira de la puerta del frigorífico dos entradas de algún concierto que permanecían sujetas con un imán. 
Desde el dormitorio, el teléfono móvil suena. 
Hace una pelotita de papel con las dos entradas y las mete en la bolsa que cierra con un nudo.
Se acerca a por el teléfono, abre de nuevo WhatsApp y lee el mensaje que acaba de llegar.
Aprieta el pequeño icono situado en la parte inferior derecha de la pantalla con forma de micrófono y graba un mensaje de audio mientras vuelve a la cocina para recoger la caja de la pizza y los restos que quedaban en la encimera. 
-Venga, vale, me pongo unos pantalones y me bajo con vosotras a desayunar. Así de paso saco la basura, que he hecho limpieza y hay cosas que es mejor tirar... Tardo como mucho 10 minutos.

En el rellano la música se oye cada vez más alto; suena claramente Devota de Valeria Castro. Se escucha también ahora a la chica que canta a voz en grito.

Y dueña del cuerpo que habito
A mí hace un tiempo me enseñaron
Son las mías, no tus manos, las que necesito.






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