No sabía muy bien el tiempo que llevaba allí, pero le parecía lejano el momento en el que, pensando que podría salir antes, tragó sin cuidado la chocolatina de pistacho y caramelo que llevaba en el bolso. 
¿Podría ser una hora? ¿Dos? ¿Tres quizás? ¿Cuánto tiempo llevaba encerrada en aquel habitáculo oscuro?
Había atravesado ya varios estados de ánimo: sorpresa, miedo y angustia, ansiedad, llanto y pánico y, finalmente, algo de cordura y calma.
También había sentido en lo físico: frío, hambre y sed y, por último, cansancio, sueño y debilidad. Ahora, después de un tiempo incierto, encontraba algo de claridad en su mente, que no en aquella habitación, para resolver el galimatías en el que se veía presa.

Presa. 
Encerrada. Atrapada. 
Como rapiña en trampa. 
Presa.
Como trofeo de caza.
Presa.
Encerrada. Capturada.
Por ahora, sin salida.
Presa.

Pensaba sentada en el suelo que quizás no había afrontado el problema de la mejor de las maneras, porque ya había tenido la posibilidad, creía ella, de salir de allí por lo menos en dos ocasiones, sin éxito. Por dos veces oyó a alguien. Por dos veces intentó que la liberasen. Pero seguía presa de aquel habitáculo. Quizás esa forma suya de ser, o la de quien se hubiese hallado al otro lado, no habían jugado a su favor.
Comenzó a sentir la habitación cada vez más pequeña, cada vez más oscura. Atrapada como trofeo de caza, en los primeros momentos, había palpado las cuatro paredes y no encontró más que eso, cuatro paredes. 
La luz, que entraba como el filo de unas tijeras por debajo de la puerta giratoria, al principio resultó insuficiente y tuvo que esperar a que sus ojos se acomodasen al encierro para poder intuir, más que ver, que sólo podría salir de allí por donde había entrado. Pero la puerta, una vez la engulló dentro, como rapiña en trampa, y liberó al hombre que ocupaba antes que ella aquel encierro, se había quedado bloqueada, y por más que gritó y gritó, aquel que la precedía no había vuelto a ayudarla. Y si su fortuna había cambiado cuando cambió su lugar por el de aquel hombre, parecía sensato pensar que la única opción de girar de nuevo el destino sería sin duda que alguien empujase la puerta desde el exterior para intercambiar sus suertes.
Apartó de su mente las razones por las que se había metido en aquel lugar, porque a fuerza de juzgarse a sí misma una y otra vez con un resultado cuanto menos desfavorable, había aprendido que en momentos de crisis es mejor dejar el autodesprecio fuera. 
Y no le resultaba fácil abandonar una exigencia que le venía arraigada casi desde sus inicios. Esa desquiciada idea de llegar en algún momento a la perfección extrema. Esas frases grabadas a fuego de su madre y su abuela que le instaban a ser buena, a no mentir, mucho menos a manipular. Le instaban a ayudar y cuidar del otro, a no desear lo del otro…

De la perfección extrema.
Presa.
Presa de ser buena.
De no mentir ni manipular.
Presa.
Presa por ayudar, por cuidar del otro.
Por no desear lo del otro.
Presa.

Pero estaba en aquel lugar y las razones por las que continuaba atrapada la alejaban, quizás, sin quererlo, de aquello de lo que enorgullecerse, de lo que había aprendido, de la desquiciada idea de llegar, en algún momento, a la perfección extrema.

Presa de ser buena.
De no mentir ni manipular.
Presa.
Por ayudar, por cuidar al otro.
Presa.
Por no desear lo del otro.
Presa.

¿Cómo abandonar entonces la severidad de aquel rigor que la mantenía inmóvil y privada de la luz?
Había probado pidiendo socorro a gritos, ayuda desde su necesidad más honesta, piedad desde la más desnuda de las vulnerabilidades, pero la puerta no giraba.
Lo intentó también con amabilidad: —Oiga, por favor, ¿puede oírme? —Pero no logró nada más allá de silencio y penumbra. —¿Alguien puede oírme?
Pensó entonces que quizás el precio a pagar para salir de allí no era otro que el de alimentar aquel lugar de encierro con otro reo. La sola idea de beneficiarse de la desgracia ajena, de poner por delante su deseo de libertad a la libertad del otro, la llenó de una vergüenza infinita y, durante un tiempo que no pudo medirse con nada, abandonó aquella idea para abrazarse a las que le habían acompañado toda su vida. Durante ese tiempo se sintió a salvo agarrada a lo que está bien hecho. 

Agarrada y presa.
Bien hecho.
Como rapiña en trampa. 
Presa.
Bien hecho.
Como trofeo de caza.
Agarrada y presa.
Bien hecho.

Desfallecida por la inquietud y el hambre, apenas oyó unos pasos que lentamente se acercaban con el hastío de quien se ve obligado a repetir, pesado, una acción no deseada. 
Desde un lugar dentro de ella, que podría venir del vientre, surgió un sentimiento que no había tenido, hasta entonces, el permiso de existir. Y envalentonada y llena de aquello que tampoco tenía nombre o, por lo menos, no en su conciencia, exhaló un suspiro de alivio tan sonoro y vibrante que traspasó aquellas cuatro paredes y se deslizó sinuoso a través del haz de luz que dibujaba, por debajo, la puerta giratoria. En el momento del suspiro, el golpear arrastrado de las suelas se detuvo justo en frente, fuera, al otro lado de donde se encontraba ella.
—¡Uy! Discúlpeme, no era mi intención molestarle —se excusó zalamera detrás de la puerta. —Esta ostentación no es propia de mí.
—¿Perdone? 
—Le he oído llegar, y por sus pasos, le noto cansado; entiendo que se encuentra abatido. Conozco de sobra el estrés y el ruido que se vive ahí fuera y es, por mi parte, un gesto de malísima educación alardear de la quietud y la calma en la que me encuentro aquí dentro. ¿Ha sido un día largo?
—Bueno, yo... Sí, no sé, supongo, ¿qué hay ahí dentro?
—Cuidado, por favor, no vaya a empujar la puerta. El espacio aquí es únicamente para el sosiego, el silencio y el descanso de una persona. Una única persona.
—¿Va usted a salir?
—Llevo un rato complacida y quizás he resultado demasiado sonora en ese suspiro de gozo intenso. No quisiera hacer de su caminar cansado un momento aciago, valorando las posibilidades ajenas.

La mujer, embebida de aquello que le emanaba de las tripas y no le permitía cesar en su empeño, continuó no sin cierto rubor, porque, pese a haber abierto las puertas del mal en su conducta, no conseguía todavía que las del destino girasen a su favor. E insistente y enajenada. Llena de necesidad propia y descuido por lo ajeno, continuó camelando.

—Este no es lugar para cualquiera, ¿sabe? Solo algunos conocemos de su existencia y, en general, no es algo que se hable de común entre desconocidos. Pero me siento abochornada por el desagravio y no sé si usted me guardaría el secreto. No sé si me entiende.
—No soy deshonesto, señora, ni chismoso… Desde bien pequeño me enseñaron a ser buena persona, a no mentir, mucho menos a manipular, a ayudar y cuidar siempre al prójimo, a no desear lo del otro… Así que puede estar tranquila, que yo le guardaría el secreto si me cediese el espacio en el que se encuentra. Aunque solo fuese un poquito, para verlo y disfrutarlo cinco minutos, no más, y luego yo se lo devolvería feliz.
El destino giró entonces como cuando giran las ruedas y lo que antes estaba abajo se ve de repente arriba, lo que estaba dentro aparece fuera. Como la ruleta que en su continuo movimiento promete la gloria o el olvido y aquello a lo que uno se aferra desaparece sin previo aviso en una voltereta caprichosa.
Mientras se alejaba del lugar, la mujer no sabía si gritaba más alto la voz del hombre preso, que asustado pedía auxilio, o la suya interior propia, que sorprendida ante los acontecimientos, evidenciaba sin paliativos su falta de bondad, su deslealtad, su capacidad para la manipulación y su inmensa avaricia.

Se alejaba libre.
Libre.
De la perfección extrema.
Libre de ser siempre buena.
Libre de no mentir.
Libre de ayudar, de cuidar al otro.
Libre para desear lo del otro.
Libre.
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