La sed tiene un criterio pésimo. Lo sé porque yo nací en un pozo seco y crecí con la promesa constante del agua que no llegaba. 
Aprendí a beberme el anhelo e hidratarme con la más absoluta de las sequías. 
Es curioso cómo aquellas que nacemos lejos de los vergeles creemos que cualquier erial baldío puede convertirse en un oasis.
Es curioso cómo aprendemos a lamer incluso el sudor de una frente ajena, con la gratitud de quien recibe un vaso de limonada helada tras una tarde de calor en agosto.

Yo nací en Arica, nací en Quillagua, nací en Yungay, en el desierto de Atacama, y aprendí de mi madre a manejarme en tierra yerma. Pero la sed manda y el agua a veces se confunde con otras cosas. Por eso hay que dudar siempre del criterio de la sed, porque yo, como todas las mujeres del desierto, he bebido de fuentes secas y me he saciado con polvo y arena. Porque yo, como todas las mujeres del desierto, he agradecido el agua del mar que me brindaban, y la he bebido, salobre, a gargantadas, creyéndome dichosa. 
Yo, mujer de un desierto, he dejado que la cal estéril cubriese mi boca de costra y grietas, y después, después de abrasarme por dentro, he dado las gracias mientras tragaba mis cenizas.
Mi nombre es Sairi, significa lluvia en kunza, la lengua de mis antepasadas, pero aquí hace más de cuatrocientos años que no llueve.

Mi nombre es Sairi, y soy la mujer de un desierto.
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