Cuando terminasteis de follar, él se levantó y se fue al baño. Aprovechaste la soledad regalada para observar la habitación. Te pareció acogedora. Sencilla. Amable. Una colcha, sábanas en tonos grises y un par de mesillas de Ikea. La cama grande, de matrimonio. Te imaginaste amaneciendo allí de forma habitual.
Reconociste las cortinas. Las habías visto antes en una de las fotos de Tinder; estaba mono en ese selfie… La verdad es que era un chico guapo, y en la cama… bueno, la cosa había estado un poco torpe, pero las primeras veces, ya se sabe. Te convenciste de que habría posibilidad de mejora.
Le oíste llegar por el pasillo. Con suerte, un ratito de charla y a lo mejor ibais a por el segundo. Para completar un poco el primero, pensaste, no te ibas a ir tú con las ganas, ¿no?
—Te presento a Frodo. Mira, Frodo, ¿has visto qué chica tan guapa?
Volvía desnudo con un gato enorme entre los brazos. Un gato gris y gordo que hacía esfuerzos por liberarse. La cola del animal rozaba en ocasiones su pene. No querías mirar, pero tus ojos se quedaron bloqueados en la escena que comenzaba a repetirse una y otra vez en tu cabeza.
—¿Tú eres más de perros o de gatos? —dijo mientras el animal se escapaba molesto.
—¿Qué?
Intentabas olvidar la imagen de la cola peluda rozando la polla con la que acababas de follar, observando de nuevo la habitación. No había libros ni estanterías para acogerlos. No recordabas haberlos visto tampoco en el salón cuando llegasteis.
—Yo soy de gatos. Me flipan estos bichos. Quiero a Frodo más que a mi madre. Este es mi bro, ¿sabes?, mi familia; va conmigo en el lote. Si no te mola, olvídate de mí.
—No sé… No he tenido nunca un gato…
Recordaste que, además de las cortinas grises, en las fotos del perfil de la aplicación de citas él aparecía también abrazando un gato, bueno, ese gato. Ese gordo y peludo. Ese que ahora te miraba mientras se rozaba contra su pierna.
—¡Son independientes, van a su bola! —dijo mientras volvía a la cama. —Frodo se deja acariciar a veces, ya le has visto; es muy suyo, en cuanto le sobas un poco, se da el piro y no hay quien le pille. Yo creo que le has molado. Lo he notado en cómo te miraba. Cuando la peña no le mola, se pone to' borde.
—¿Tú crees? —dijiste mientras pensabas que las mesillas eran tan pequeñas que no podrían albergar una novela de bolsillo. ¿Había dicho peña?
—Buah, estoy seguro. Lo sé por cómo se mueve; es como si me hablase, ¿me entiendes? Yo pillo su idioma y tú le has molado, pero mucho.
—Qué majo el minino…
—¿El qué? Tía, qué fino hablas…
—Voy un momento al baño, está por aquí, ¿no?
Te levantaste intentando cubrirte con la sábana, pero desechaste la idea; de repente la sentías llena de pelos, pelos grises de gato gordo. Caminaste desnuda hasta el pasillo para encontrar allí tu camiseta abandonada. Te sentías mejor con ella puesta.
—Al fondo a la derecha, princesa, como en los garitos.
Ya en el baño empezaste a encontrarte mal. ¿De verdad te había llamado princesa? Te miraste al espejo horrorizada mientras repasabas la conversación; ¿cómo demonios habías acabado en esa situación? ¿Qué hacías ahí metida? La piel te picaba; la camiseta estaba también llena de pelos. ¿Había dicho “to´ borde”? Joder, no tenía ni un libro en toda la casa. ¿Por qué tu camiseta estaba llena de pelos? ¿Se había rebozado el gato en tu ropa? Te rascabas de forma compulsiva. Le volviste a imaginar de pie, desnudo, con el gato gordo en brazos. Escoger amantes no era ni de lejos lo tuyo. Con su cola rozándole. No podías parar de rascarte mientras valorabas cómo salir de allí. Sentías que tenías pelos hasta en la boca.
—Oye, ¿me puedo dar una ducha?
—Claro, reina, ¿necesitas que te enjabone?
Casi como un resorte decidiste volver a la habitación para emprender la huida; la sola idea de que él o su gato volviesen a rozarte te revolvió las tripas.
Al llegar, te miró con los ojos muy abiertos: —Tía, esto no va a poder ser, ¿tú te has visto los brazos? Yo creo que el Frodo te da alergia.